INDEPENDENCIA DE MEXICO

La
Independencia de México fue la consecuencia de un proceso político y social resuelto por la vía de las armas, que puso fin al dominio español en los territorios de Nueva España. La guerra por la independencia mexicana tuvo su antecedente en la invasión de Francia a España en 1808 y se extendió desde el Grito de Dolores, el 16 de septiembre de 1810, hasta la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México, el 27 de septiembre de 1821.

El movimiento independentista mexicano tiene como marco la Ilustración y las revoluciones liberales de la última parte del siglo XVIII. Por esa época la élite ilustrada comenzaba a reflexionar acerca de las relaciones de España con sus colonias. Los cambios en la estructura social y política derivados de las reformas borbónicas,
a los que se sumó una profunda crisis económica en Nueva España,
también generaron un malestar entre algunos segmentos de la población.

La ocupación francesa de la metrópoli en 1808 desencadenó en Nueva España una crisis política que desembocó en el movimiento armado. En ese año, el rey Carlos IV y Fernando VII abdicaron sucesivamente en favor de Napoleón Bonaparte, que dejó la corona de España a su hermano José Bonaparte. Como respuesta, el ayuntamiento de México —con apoyo del virrey José de Iturrigaray— reclamó la soberanía en ausencia del rey legítimo; la reacción condujo a un golpe de Estado contra el virrey y llevó a la cárcel a los cabecillas del movimiento.
A pesar de la derrota de los criollos en la Ciudad de México en 1808,
en otras ciudades de Nueva España se reunieron pequeños grupos de
conjurados que pretendieron seguir los pasos del ayuntamiento de México.
Tal fue el caso de la conjura de Valladolid, descubierta en 1809 y cuyos participantes fueron puestos en prisión. En 1810, los conspiradores de Querétaro estuvieron a punto de correr la misma suerte pero, al verse descubiertos, optaron por tomar las armas el 16 de septiembre en compañía de los habitantes indígenas y campesinos del pueblo de Dolores (Guanajuato), convocados por el cura Miguel Hidalgo y Costilla.

A partir de 1810, el movimiento independentista pasó por varias
etapas, pues los sucesivos líderes fueron puestos en prisión o
ejecutados por las fuerzas leales a España. Al principio se reivindicaba
la soberanía de Fernando VII
sobre España y sus colonias, pero los líderes asumieron después
posturas más radicales, incluyendo cuestiones de orden social como la abolición de la esclavitud. José María Morelos y Pavón convocó a las provincias independentistas a conformar el Congreso de Anáhuac, que dotó al movimiento insurgente de un marco legal propio. Tras la derrota de Morelos, el movimiento se redujo a una guerra de guerrillas. Hacia 1820, sólo quedaban algunos núcleos rebeldes, sobre todo en la sierra Madre del Sur y en Veracruz.
La rehabilitación de la Constitución de Cádiz en 1820
alentó el cambio de postura de las élites novohispanas, que hasta ahí
habían respaldado el dominio español. Al ver afectados sus intereses,
los criollos monarquistas decidieron apoyar la independencia de Nueva
España, para lo cual buscaron aliarse con la resistencia insurgente. Agustín de Iturbide dirigió el brazo militar de los conspiradores, y a principios de 1821 pudo encontrarse con Vicente Guerrero. Ambos proclamaron el Plan de Iguala,
que convocó a la unión de todas las facciones insurgentes y contó con
el apoyo de la aristocracia y el clero de Nueva España. Finalmente, la
independencia de México se consumó el 27 de septiembre de 1821.
Tras esto, Nueva España se convirtió en el Imperio Mexicano, una efímera monarquía católica que dio paso a una república federal en 1823, entre conflictos internos y la separación de América Central.
Después de algunos intentos de reconquista, incluyendo la expedición de Isidro Barradas en 1829, España reconoció la independencia de México en 1836, tras el fallecimiento del monarca Fernando VII.
La sociedad novohispana estaba dividida en varios estratos, cuya
posición estaba condicionada por cuestiones de orden económico, cultural
y político. Una de ellas era su papel respecto a la posesión de los
bienes económicos. Había un grupo muy pequeño de personas que
controlaban la mayor parte de la riqueza,
mientras que la gran parte de la población era pobre. Los pueblos
indígenas debían pagar un tributo al gobierno y estaban sujetos a un
régimen de autoridad que, por ambiguo, provocaba numerosos
enfrentamientos entre españoles peninsulares, criollos y mestizos.
Muchos de estos enfrentamientos tenían relación con cuestiones
agrarias, como por ejemplo la tenencia de la tierra y el control del
agua. A lo largo de los tres siglos de dominio español hubo varios estallidos sociales en la Nueva España, entre ellos la rebelión de los pericúes de 1734 a 1737 en Vieja California, la rebelión de 1761 de los mayas, encabezada por Jacinto Canek y las rebeliones de los seris y los pimas en Sonora a lo largo de todo el siglo XVIII.
Como un corolario de los múltiples orígenes de la población de Nueva España surgió el sistema de "castas".
Estos grupos estaban caracterizados por el origen racial de sus
integrantes, encontrándose en la cúspide los españoles, y entre ellos,
los europeos. La combinación entre españoles, indígenas y africanos
dio como resultado un número de grupos cuya posición estaba determinada
por la cantidad de sangre española que poseían. El sistema aspiraba a
mantener la supremacía de la sangre española,
y aunque nunca tuvo base legal, no siendo más que una nomenclatura
aceptada, reflejó la división y la exclusión existente en la Nueva España, donde los grupos no españoles ocupaban un lugar marginal en el sistema social.
El pilar de la economía colonial de Nueva España era la minería, particularmente la explotación de oro y plata.
Durante el siglo XVIII la producción minera vivió una de sus mejores
épocas. Como resultado, la producción de oro y plata se triplicó en el
período de 1740 a 1803. La bonanza era tan grande, que la mina llamada La Valenciana, en el estado de Guanajuato,
llegó a ser considerada la operación minera de plata más importante del
mundo. Al finalizar el siglo XVIII, Nueva España producía más de
2 500 000 de marcos de plata, y sus principales regiones mineras eran
Guanajuato, Zacatecas y el norte de la intendencia de México. La importancia de la minería para la economía novohispana era tal que Carlos III reconoció al Cuerpo de Minería de Nueva España en 1776; un poco más tarde, permitió el establecimiento del Real Tribunal de Minería, así como también del Colegio de Minería.

El apogeo de la explotación minera favoreció el desarrollo de otras actividades económicas, particularmente el comercio y la agricultura. Por ejemplo, la creciente importancia de Guadalajara y El Bajío
se debía a su relación con los minerales de Zacatecas y Guanajuato.
Dado que la exportación de plata y oro constituía el nodo de la economía
novohispana, en torno a esta actividad creció un complejo sistema que
consolidó al grupo de comerciantes peninsulares, pero que también
permitió la ascensión de un poderoso grupo criollo. Este grupo estaba
concentrado en los consulados de México y Guadalajara, que constituyeron
la pieza fundamental en la circulación de capitales
en el territorio novohispano. El poder económico de los consulados
respaldaba su capacidad de representación política, gestión y cabildeo.
La economía novohispana entró en crisis a final del siglo XVIII, período que coincide con las reformas borbónicas
adoptadas por la Corona. Las reformas tenían por objeto modernizar la
administración de las colonias y hacer más rentable la explotación de
sus recursos, porque en Nueva España había una escasez de capitales en
circulación debida al monopolio sobre la plata ejercido por los
comerciantes y por la propia política financiera de la metrópoli.
Una parte importante de las rentas derivadas de la explotación de las
colonias no llegaba a las arcas reales, repartiéndose entre distintas
corporaciones de acuerdo con los arreglos antiguos entre la Corona y
estos grupos.
Ciertamente, la reforma afectó los intereses de las clases más
privilegiadas. Al establecerse además el libre comercio entre las
colonias, creció el poder económico y político de los criollos y los
mestizos que comenzaron a ocupar también más espacios en la
administración colonial.
En las últimas décadas del siglo XVIII, Nueva España estaba en
bancarrota a causa de la expoliación de sus finanzas por parte de la
metrópoli.
Paradójicamente, fueron los miembros de la élite económica —muy
golpeada por la política económica de la monarquía— los que apoyaron el golpe de Estado contra el virrey José de Iturrigaray en 1808, cuando el Ayuntamiento de México intentó ejercer la soberanía en ausencia del rey de España.
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2.-Movimiento de Miguel Hidalgo.

A partir de Dolores, el movimiento encabezado por Hidalgo se movió
por varios puntos del Bajío, una de las más prósperas regiones de Nueva
España. El número de tropas es desconocido. En Atotonilco tomaron el estandarte de la Virgen de Guadalupe, que es considerado emblema del movimiento.
En las poblaciones del oriente de Guanajuato se unieron al
contingente mineros y peones de haciendas aledañas, mal armados y
entrenados. Cuando llegaron a Celaya el 21 de septiembre de 1810,
los insurgentes podrían haber sumado veinte mil hombres. Celaya fue
saqueada por los insurgentes, aunque Aldama y otros soldados de carrera
intentaron inútilmente contener a la masa. Tras este episodio, Hidalgo
fue proclamado "Capitán General de América" por encima de Allende, que
tuvo el rango de teniente general. Después de apoderarse de Salamanca, Irapuato y Silao; el ejército insurgente llegó a Guanajuato el 28 de septiembre.
A pesar de las simpatías que despertó inicialmente, el movimiento de
Hidalgo fue mal visto por las clases medias y altas, pues los líderes
eran incapaces de contener a su tropa. Por el mismo motivo comenzaron a
hacerse más visibles las diferencias entre Allende e Hidalgo.

El apoyo a los insurgentes en Guanajuato era evidente. El intendente Riaño se parapetó con su tropa en la alhóndiga de Granaditas —uno de los edificios más fuertes de la ciudad— y envió cartas solicitando apoyo militar al virrey Venegas, a la Real Audiencia de Guadalajara y a Félix María Calleja, jefe de las tropas realistas de San Luis.
La ayuda no llegó. Por su lado Hidalgo, antiguo amigo de Riaño,
solicitó la capitulación del intendente, pero éste se negó y fue uno de
los primeros en morir.
Después que «el Pípila» incendió la puerta principal, Hidalgo y los insurgentes tomaron la alhóndiga.
La ciudad fue saqueada nuevamente, hasta que Hidalgo emitió condena a muerte para los responsables.
En respuesta al avance de los insurgentes, el virrey Venegas publicó
un bando ofreciendo una recompensa de diez mil pesos por las cabezas de
los líderes de la insurrección. Félix María Calleja y Roque Abarca se pusieron en marcha para cercar la rebelión. Por su parte, el obispo de Michoacán Manuel Abad y Queipo
publicó un edicto de excomunión contra Hidalgo y sus seguidores. El 13
de octubre de 1810 Bernardo de Prado y Obejero ratificó la excomunión
y la hizo extensiva a todo aquel que aprobase la sedición, recibiese
proclamas, ayudase a los insurgentes o que mantuviese comunicación con
ellos.

Hidalgo inició el avance por otras ciudades del Bajío el 8 de octubre
de 1810. A su paso se sumaron más personas y llegó a tener reclutados
hasta sesenta mil hombres. Los insurgentes se dirigieron a Valladolid (Michoacán) y en Acámbaro apresaron a Diego García Conde, enviado a defender la capital michoacana. Agustín de Iturbide
contaba con sesenta hombres para defender Valladolid pero, teniendo
noticia del número de los insurgentes, rechazó el ofrecimiento de
Hidalgo para unirse a la tropa y abandonó la ciudad, seguido por el
obispo Abad y Queipo. Valladolid fue tomada pacíficamente el 17 de octubre.
El aumento del número y desorden del ejército provocaron algunos roces
entre Hidalgo y los militares de carrera. En Acámbaro, Hidalgo recibió
el grado de Generalísimo de América y Allende, de Capitán General.
Los insurgentes avanzaron hacia el valle de México. Para hacer frente a la rebelión, el destacamento de Torcuato Trujillo realizó reconocimientos en el área de Ixtlahuaca, pero ante el avance del numeroso ejército de Hidalgo, decidió reforzar a Mendívil en Lerma y el puente de Atengo. Los rebeldes avanzaron por Santiago Tianguistenco. El 30 de octubre de 1810 los insurgentes derrotaron a los españoles en el monte de las Cruces, gracias a la estrategia de Abasolo, Jiménez y Allende.
Al terminar la batalla, los insurgentes se apoderaron de armas y
municiones del ejército realista, cuyos remanentes —incluyendo a Iturbide— huyeron a la ciudad de México.
Al día siguiente Jiménez y Abasolo fueron enviados a una negociación
fallida con el virrey, que se negó a capitular ante la inminente llegada
de refuerzos. Hidalgo optó por volver a Valladolid, decisión que tensó
más la relación con Allende y provocó la deserción de la mitad de la
tropa.

En el camino a Valladolid, los realistas comandados por Félix María Calleja atacaron a los insurgentes en Aculco. La derrota de éstos últimos debilitó al contingente por las deserciones, la toma de prisioneros y la pérdida de armamento. Tras la batalla, los realistas saquearon la población.
Por su parte los insurgentes se dividieron en dos contingentes, Allende
marchó con la mayoría a Guanajuato y el resto siguió a Hidalgo hacia
Valladolid. Teniendo en cuenta la situación, los insurgentes se
dividieron y el grueso de las tropas se volvió —con Allende a la cabeza—
rumbo a Guanajuato; mientras apenas un puñado regresó con Hidalgo a
Valladolid. Allí, el Generalísimo obtuvo el apoyo financiero de la
Iglesia y nuevas adhesiones.
Hidalgo se dirigió hacia Guadalajara y no a Guanajuato, como había
acordado con Allende. La relación entre ambos se enfrío aún más, pues
Allende pensaba que Hidalgo se estaba dejando llevar por la plebe y
había olvidado a Fernando VII.
En Guanajuato, Allende fue derrotado por Calleja y Flon.
Algunos habitantes de la ciudad asesinaron a ciento treinta y ocho
españoles presos ante la inminente llegada de los realistas, que habían
amenazado con pena de muerte a quien hubiera apoyado a los insurgentes.
Este acto desencadenó una matanza ordenada por Calleja, que se
complementó con el ajusticiamiento de los sospechosos de sedición.
Allende pudo escapar de la masacre y se reunió en San Luis Potosí con Abasolo y Aldama. Más tarde todos ellos se reunirían con Hidalgo.
Mientras tanto Hidalgo seguía en Guadalajara. La intención de Hidalgo
era conformar un órgano de gobierno. Con tal propósito nombró a Ignacio López Rayón como ministro de Estado y a José María Chico como ministro de Justicia. Como jefe de este órgano, Hidalgo dispuso la abolición de la esclavitud en el territorio de Nueva España el 6 de diciembre de 1810. Además envió a Pascasio Ortiz de Letona como ministro plenipotenciario ante el Congreso de los Estados Unidos para buscar una alianza militar y económica. En Guadalajara los españoles estaban conspirando para entregar la ciudad al ejército de Calleja. Sin juicio de por medio,
Hidalgo ordenó la ejecución de los sospechosos en el cerro de la Bateas con la desaprobación airada de Allende y Aldama.

Ante la inminente llegada de las tropas realistas de Calleja y de José de la Cruz,
se celebró una junta de guerra. Allende e Hidalgo propusieron
estrategias distintas, pero la decisión final fue de Hidalgo, quien
dispuso que Ruperto Mier saliera a detener a las tropas de José de la Cruz. Sin embargo Mier fue derrotado en Urepetiro por el regimiento de Pedro Celestino Negrete. Los insurgentes fortificaron el puente de Calderón y allí se encontraron con el contingente realista
al mando de Manuel de Flon y Félix María Calleja. Después de seis horas
de combate, los insurgentes terminaron huyendo del lugar y Guadalajara
fue ganada por los realistas. Los insurgentes se movilizaron a Aguascalientes. En Pabellón, Hidalgo fue relevado como Generalísimo y Allende condujo a la tropa rumbo al norte para unirse con José Mariano Jiménez que tomó Saltillo después de ganar la Batalla de Aguanueva. La idea era conseguir el apoyo de las provincias septentrionales de la Nueva España y, posteriormente, de Estados Unidos.
Ignacio López Rayón fue nombrado jefe de la insurgencia y volvió con una parte de la tropa a Michoacán, acompañado por José María Liceaga. Los otros líderes y el resto de la tropa siguió el camino hacia el norte, y en su paso por Monclova
se encontrarion por primera vez con Ignacio Elizondo, que había sido
simpatizante de la insurgencia. Como resultado fue capturado de Pedro de Aranda.
El 21 de marzo de 1811 fueron presos en Acatita de Baján (Coahuila) Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez junto con otros miembros más de la insugencia.
Los presos fueron fusilados en Monclova, y Chihuahua. Las cabezas de
Hidalgo, Aldama, Allende y Jiménez fueron colgadas en las cuatro
esquinas de la alhóndiga de Granaditas, permaneciendo a la vista de los
habitantes hasta 1821
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3.- Campaña de Morelos




José María Morelos inició su campaña en Carácuaro
con solo veinticinco hombres. Fue incrementando paulatinamente su
ejército, pero la estrategia militar de Morelos fue diferente a la de
Hidalgo: su ejército nunca superó más de seis mil hombres, los cuales
eran disciplinados y tenían armamento adecuado. Después de avanzar por Petatlán, a su campaña se unieron Juan José, Pablo y Hermenegildo Galeana en Técpan. Su marcha continuó por Atoyac y Coyuca llegando al puerto de Acapulco, lugar que infructuosamente intentó tomar por asalto a finales de 1810. Poco después, Calixto, Leonardo, Máximo, Miguel, Víctor y Nicolás Bravo se le unieron en Chichihualco, así como Vicente Guerrero durante la Batalla de El Veladero. En enero de 1811 derrotaron al capitán español Juan Francisco París en la Batalla de Tres Palos.
Entre febrero y abril, en esta zona, los insurgentes contaban con dos
mil quinientos hombres, los cuales fueron distribuidos en Sabana, el
Aguacatillo, Veladero y las Cruces. Debido a que Cosío no pudo
derrotarlos, el virrey lo sustituyó por Juan Antonio Fuentes, pero
también fue arrollado a principios de mayo cuando Morelos decidió
abandonar el asedio de Acapulco para avanzar hacia Chilpancingo.
En las plazas de Chichihualco, Chilpancingo y Tixtla las fuerzas virreinales fueron derrotadas. Fuentes persiguió a Morelos, pero fue derrotado nuevamente en Chilapa, añadiéndose la plaza a las dominadas por los Insurgentes.
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4.- Movimiento de Mina.

Cien soldados realistas se unieron a las filas del
Ejército Auxiliador de la República Mexicana,
pero la noticia del desembarco —el cual ya se esperaba— llegó a la
capital. De inmediato, los ejércitos realistas se pusieron en marcha
para confrontar a los recién llegados. Al mismo tiempo, desde Veracruz,
zarparon la fragata
Sabina y las goletas
Belona y
Prosperina
al mando del comandante Francisco de Berenger. Los barcos de la
expedición de Mina se encontraban abandonados, no obstante lo cual
fueron incendiados y destruidos por órdenes de Berenger.

Mina por su parte dejó cien hombres —entre ellos a Servando Teresa de Mier y al mando del mayor José Sardá—
para proteger la plaza y se internó tierra adentro con trescientos ocho
hombres para unirse con los ejércitos insurgentes el 24 de mayo de
1817. Sostuvo el primer combate contra fuerzas realistas, dirigidas por
el capitán Villaseñor, en la Batalla del Valle de Maíz el 8 de junio.
Siete días más tarde pudo repeler el ataque de una fuerza superior dirigida por Benito Armiñán en la Batalla de Peotillos. El 23 de junio, llegó al fuerte del Sombrero para reunirse con Pedro Moreno. Mientras tanto, el brigadier Joaquín de Arredondo forzó a la pequeña guarnición insurgente a capitular durante el Sitio de Soto la Marina el 15 de junio. Sardá y los soldados fueron encarcelados en San Juan de Ulúa para después ser exiliados a España. Teresa de Mier fue trasladado a la Fortaleza de San Carlos de Perote y después a las cárceles de la Inquisición, lugar en donde estuvo preso hasta 1820.

El 28 de junio, sumando poco más de quinientos hombres, las fuerzas
combinadas de Mina y Moreno lograron derrotar al capitán Cristóbal
Ordóñez en la Batalla de Los Arrastraderos, pero fueron sitiados en el Fuerte del Sombrero por el mariscal de campo Pascual Liñán
desde el 1 al 20 de agosto. Durante el sitio, Mina pudo salir para
buscar pertrechos y el presbítero José Antonio Torres intentó
auxiliarlos con una fuerza de cien hombres, pero fue repelido en Silao por el mayor Juan Ráfols. Pedro Moreno y Juan Davis Bradburn lograron escapar, siendo perseguidos por Anastasio Bustamante. Las bajas de los insurgentes sumaron más de cuatrocientos cincuenta efectivos.

Mina organizó a un pequeño grupo de hombres en el Fuerte de Los Remedios y salió de ahí para continuar su campaña por El Bajío. El 3 de septiembre, realizó la toma de la hacienda del Bizcocho en San Diego de la Unión; después se dirigió a San Luis de la Paz y Valle de Santiago
para seguir aumentando el número su ejército. Fue perseguido nuevamente
por Anastasio Bustamante, a quien tuvo que confrontar en la hacienda de
La Caja. Mientras tanto, Pascual Liñán, con una fuerza de seis mil hombres, comenzó el sitio del Fuerte de Los Remedios, el cual fue defendido por José Antonio Torres al mando de mil quinientos hombres.
Mina solicitó ayuda a la Junta de Jaujilla y presentó un plan para
ayudar a escapar a los hombres de Torres que se encontraban sitiados; la
estratagema consistía en atacar la ciudad de Guanajuato
para así distraer la atención del ejército de Liñán. Sin embargo, el 27
de octubre, los hombres de Mina fueron atacados por el regimiento del
teniente coronel José María Nova en la hacienda del Venadito. Durante el
combate murió Pedro Moreno, Mina fue capturado y puesto a disposición
del coronel Orratia. Por órdenes de Pascual Liñán, el 11 de noviembre de
1817, Xavier Mina fue fusilado en el cerro del Bellaco a la vista de
los defensores del Fuerte de Los Remedios. Por esta victoria realista,
el virrey Apodaca recibió el título de Conde del Venadito.

Los insurgentes resistieron el sitio durante cuatro meses. El 1 de
enero de 1818 intentaron la fuga pero fueron sorprendidos y derrotados,
muriendo el capitán Crocker, el doctor Hennessey, el guerrillero Cruz
Arroyo, Manuel Muñiz —quien había abandonado su indulto para unirse a la
campaña de Mina— y el coronel Diego Novoa. El presbítero José Antonio
Torres logró escapar. Por el bando de los vencedores, Pascual Liñán recibió la Orden de Isabel la Católica, Anastasio Bustamante fue promovido a coronel, Miguel Béistegui a teniente coronel y Pedro Celestino Negrete a mariscal de campo.
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5.-Movimiento de Iturbide.

El 16 de marzo, Iturbide envió dos cartas con copias del Plan de Iguala a España. La primera fue dirigida al rey Fernando VII
a quien invitó para gobernar al reino de la América septentrional o
Imperio Mexicano. La segunda fue dirigida a los diputados de las Cortes
españolas a quienes pidió aceptar de forma pacífica la independencia de
la Nueva España, advirtiéndoles que tenía un ejército disciplinado listo
para defender esta causa.


Antes de que el Ejército Trigarante (
religión,
unión e
independencia) iniciara su campaña, las tropas realistas se encontraban comandadas por el coronel Samaniego en La Mixteca; el coronel Manuel de Obeso en Oaxaca; el coronel Zarzosa en San Luis Potosí; el
batallón Extremadura en Puebla; el brigadier Joaquín Arredondo en las Provincias Internas de Oriente; el mariscal de campo Alejo García Conde en las Provincias Internas de Occidente; su hermano, el brigadier Diego García Conde con ayuda del coronel Rafael Bracho en Durango; el mariscal de campo José de la Cruz en Nueva Galicia; el brigadier Pedro Celestino Negrete en Colima; el
batallón Navarra en Zacatecas; el teniente coronel Manuel Rodríguez de Cela con la ayuda de Miguel Barragán en Michoacán; el brigadier Domingo Estanislao Luaces con la ayuda de José María Novoa en Querétaro y la Sierra Gorda; el coronel Francisco Hevia en Córdoba; el capitán de fragata Juan Bautista Topete cubriendo la costa de sotavento en Alvarado, Tlacotalpan y la sierra de Tuxtepec; el capitán Antonio López de Santa Anna cubriendo la costa de barlovento; el capitán Carlos María Llorente en Tampico y la Huasteca potosina; el coronel José María Calderón en Xalapa; el capitán Juan Horbegoso en Veracruz; y el coronel Agustín de la Viña en Perote.


Durante el mes de marzo y los primeros días de abril de 1821, las
reacciones fueron diversas. Acogieron y proclamaron con entusiasmo el
Plan de Iguala, el capitán Horbegoso en Veracruz; el subalterno Celso de
Iruela en Perote; José Joaquín de Herrera quien avanzó a Tepeyehualco y San Juan de los Llanos; Luis Cortázar en los Amoles quien se desplazó a Salvatierra, Pénjamo y Valle de Santiago; Anastasio Bustamante quien se dirigió a Guanajuato, lugar en donde ordenó descolgar de la Alhóndiga de Granaditas los cráneos de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez para darles sepultura. Después logró reunir un ejército de seis mil hombres en Salamanca, Irapuato, Silao, León y San Miguel el Grande;
el sargento mayor Juan Domínguez en Apatzingán; el teniente coronel Miguel Barragán en Ario; así como Vicente Filisola y Juan José Codallos en Tusantla. El plan fue rechazado por Vicente Marmolejo en Cuernavaca, Tomás Cajigal en Taxco, Martín Almela en Tixtla, José María Armijo y José de Ubiella en Iguala, todos ellos que se encontraban bajo las órdenes de Iturbide, pero defeccionaron para unirse a las tropas realistas. Por otra parte, Antonio Linares no aceptó el plan en Celaya y se dirigió a Querétaro.
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6.-Alhondiga de las Granaditas.




La
Toma de la Alhóndiga de Granaditas fue una acción bélica realizada en Guanajuato, México el 28 de septiembre de 1810, entre los soldados realistas de la provincia y los insurgentes comandados por Miguel Hidalgo e Ignacio Allende. El pavor desatado en los círculos sociales de la capital provinciana hizo que el intendente, Juan Antonio Riaño, pidiera a la población acuartelarse en la Alhóndiga de Granaditas, granero construido en 1800,
y en cuya construcción había participado Miguel Hidalgo como asesor de
su viejo amigo Riaño. Tras varias horas de combate, Riaño fue asesinado y
los españoles que ahí se habían refugiado deseaban rendirse. Los
militares al servicio del virrey continuaron la lucha, hasta que los
insurgentes lograron entrar para después masacrar no sólo a la escasa
guardia que lo defendía, sino también a las numerosas familias de
civiles refugiadas en él. Muchos historiadores consideran este
enfrentamiento más como un motín o masacre de civiles que una batalla,
pues no se dieron condiciones de igualdad militar entre ambos bandos.
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7.- Consumacion de la Independencia.



Tacubaya
fue la residencia temporal de Iturbide y O'Donojú. Fueron visitados por
los miembros de la diputación provincial, del Ayuntamiento, del cabildo
eclesiástico, del Consulado, así como por el gobernador de la mitra de
Michoacán, Manuel de la Bárcena, el oidor José Isidro Yáñez, y el obispo
de Puebla Antonio Joaquín Pérez, quienes aspiraban a formar parte del
nuevo gobierno. De esta forma se escogieron a los treinta y ocho
miembros de la Junta Provisional Gubernativa, pero no fue llamado
ninguno de los ex insurgentes para tomar parte. Los días 22 y 25 de
septiembre se efectuaron dos sesiones preparatorias. Del 21 al 24 de
septiembre, las tropas expedicionarias de España abandonaron la capital
para establecerse en Texcoco y Toluca, lugares donde permanecerían hasta organizar su partida y embarque hacia La Habana. El día 24, José Joaquín Herrera ocupó el Bosque de Chapultepec, el 25 entró a la ciudad Vicente Filisola, y el 26 Juan de

O´Donojú.
El 27 de septiembre de 1821, la división de Filisola salió de Chapultepec para reunirse con el grueso de las tropas del Ejército Trigarante en Tacuba. A las diez de la mañana, el jefe máximo encabezó el desfile de entrada a la capital, avanzando por el Paseo Nuevo
hasta la avenida Corpus Christi, en donde se detuvo en la esquina del
convento de San Francisco bajo un arco triunfal. El alcalde decano José
Ignacio Ormachea le entregó las llaves de la ciudad.
Desfilaron 16 134 efectivos, de los cuales 7 416 eran infantes, 7 955
dragones de caballería, y 763 artilleros, quienes transportaban 68
cañones de diferentes calibres.
Entre sus principales oficiales se encontraban Agustín de Iturbide, Domingo Estanislao Luaces, Pedro Celestino Negrete, Melchor Álvarez, Epitacio Sánchez, José Morán, Vicente Guerrero, Nicolás Bravo, Anastasio Bustamante, José Joaquín Parrés, José Antonio de Echávarri, José Joaquín de Herrera, Luis Quintanar, Miguel Barragán, Vicente Filisola, José Antonio Andrade, Felipe de la Garza, Manuel de Iruela, Antonio López de Santa Anna, Gaspar López, Mariano Laris, y Juan Zenón Fernández. Una vez terminado el desfile, en la Catedral de México se celebró una misa en la cual se entonó el
Te Deum, después Iturbide dirigió un discurso a la población:
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